Violencia irracional

Mi madre se empeñó ese día en reprenderme hasta por el más mínimo error y mi hermano, con su típico carácter socarrón, aprovechó para burlarse de mí.

Yo estaba al borde y, cuando mi hermano se acercó para molestarme -además de verbal- físicamente, no pude aguantar. Me abalancé hacia él con el puño en alto y lo impacté contra su rostro.

Los momentos siguientes fueron muy confusos: mi madre gritaba, mi hermano se cubría la cara y yo me encerré en mi habitación. Al poco rato mi madre entró y solo dijo: "Ve a ver a tu hermano". Salí y lo encontré en el baño. Su nariz había sangrado por el golpe y se estaba limpiando en la pila. Me disculpé entre dientes y salí de ahí.

Me prometí a mí mismo que jamás volvería a permitir que el enojo me orillara a la violencia... promesa que desde ese entonces hasta el momento en que escribo este evento sólo he roto una vez, y tampoco estoy orgulloso de ello.

Mascotas

Era la fecha en la que los niños generalmente reciben regalos y yo, como niño, recibí dos pollitos.

Aproximadamente cuatro meses después me comí a mis mascotas cuando sus pechugas eran lo suficientemente grandes para que mi madre sustentara una comida con ellos sin que yo lo supiera.

Renuncia

Era la primera vez que renunciaba a un trabajo.

Después de pertenecer al equipo de docentes durante casi dos años decidí retirarme y buscar mejores opciones en otro lugar.

La vida había sido difícil. Había pasado meses buscando un trabajo en donde aplicara mis habilidades y aptitudes, y no había encontrado nada más que un puesto de profesor.

Enseñar me gusta, pero la paga es poca y no suele ser un trabajo tan satisfactorio en las materias que yo domino y de las que soy apto para impartir.

Sin embargo, lo anterior no fue la única razón por la que decidí partir, sino también tuvo que ver el amor. Mi destino era ahí adonde ella estuviera.

Lo curioso de este evento fueron las sensaciones que permearon mi alma mientras hacía entrega de mi carta de renuncia:

1. Se me nubló la vista.
2. Sentí que me estaba tirando de un precipicio.

Supongo que tuvo que ver con el hecho de que dejé todo a ciegas; me iba a un lugar en el que lo único que yo pensaba seguro era el amor de una mujer.

La chica fuera del aula

Era un día como cualquier otro dentro del aula de clases. El sonido de la materia teórica inundaba el ambiente y mi mente, pero no lograba captar del todo la información que el profesor pretendía que entrara en nuestros cráneos... después de todo, fue una época bastante mala para mí, la joven de la cual estaba enamorado me había dejado por segunda vez y mi atención, obviamente, estaba dispersa.

La clase se dio por terminada casi sin darme cuenta, guardé mis cosas distraído y traté de no mirar a la persona que estaba a tres asientos del mío - a como había tratado toda la clase -, para que no se diera cuenta de que aún seguía sintiendo amor por ella.

En el instante en que puse un pie fuera del aula sentí un dedo en mi barriga. Mi mente estaba en el universo y mis ojos apuntando al infinito, pero de pronto los dos coincidieron en  la pequeña mujercita que tenía delante, con el antebrazo levantado y el índice apuntándome con apariencia culpable.

Por algún motivo que aún no logro comprender, solo pude decir: Who are you?...así, en inglés, como un idiota pretencioso.

Ella parpaedó, repitió entre dientes Who are you?..., como si intentara comprender, y luego dijo: Who are you?

No respondí inmediatamente y con toda seguridad parpadeé con la confusión acumulada de no entender por qué había dicho algo en inglés cuando obviamente ambos hablamos castellano y no poder creer que ella me había repetido la pregunta -y en inglés para acabar de joderla-, como si sus preguntas fueran más importantes que las mías.

Al acabar con el embrollo de la confusión me presenté, ella se presentó, y este evento dio lugar a muchos otros dignos de contarse... pero no por ahora.

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